CASA SALSIPUEDES

 Dirección: Carrera 50 # 64 – 31

SALSIPUEDES

 

Cada temporada florece el árbol de jaboticaba en el patio. Sus flores blancas lo hacen parecer bañado por la nieve, es entonces cuando la casa del luthier resplandece en una suave armonía olfativa. Luego revientan los frutos como miles de ojos morados oscuros alrededor del tronco y las ramas. Extrañas aves viajeras llegan y se alimentan, sus constantes cantos y trinos resuenan en las habitaciones. Luis Fernando Posada Núñez, el luthier, abandona durante algunos breves días las violas, los violines y violonchelos. Sus manos se concentran en recoger la suave fruta del jabuticaba cuyo sabor fluctúa entre el ácido y el dulce.

Una vez amasada la cosecha, María su esposa, ocupada con las tareas domésticas, también colabora en la elaboración del néctar que luego se almacena durante meses hasta obtener el vino. Para el almacenamiento del licor la casa cuenta con un húmedo sótano que anteriormente era un taller de trabajo donde laboraban monjitas y que ahora hace las veces de bodega.

Todo en la casa habla de música. Instrumentos de cuerda son reparados o fabricados artesanalmente en el taller donde Luis Fernando trabaja en compañía del joven luthier Luis Felipe. Las jornadas de trabajo incluyen constantes pruebas de los instrumentos, cada hora posee un acorde distinto. Las nueve de la mañana se anuncian en el reloj musical con unas breves notas del cascanueces de Chaikovski, las doce del mediodía es un fragmento de la pastoral de Beethoven, las horas de la tarde transcurre con las estaciones de Vivaldi, y las primeras sombras de la noche hacen su entrada con el primer movimiento allegro de la serenata nocturna de Mozart.

Ligia Núñez de Posada, madre y reina de la casa, pasó algunos años de su vida coleccionando y vendiendo antigüedades. En sus años mozos cantaba viejas canciones italianas y españolas, tocaba la mandolina napolitana y hasta llegó a grabar un disco. Ahora canta y baila cada vez que en la vieja radio suena una tonadilla conocida, quizás una cumbia, tal vez una milonga. Ligia Núñez y el resto de los habitantes de la casa, permanecen suspendidos en un tiempo musical, diferente al transcurrir metálico y sórdido de la ciudad.

En una de las habitaciones, Luis Fernando atesora joyas musicales en discos de acetato. Sabe que los europeos adoran las gaitas, los acordeones y tambores colombianos. La música caribeña se hace presente en el semblante de santos y antiguas figuras de la colonia que adornan las paredes. Desde temprana edad Luis Fernando aprendió a tocar el clarinete, pero fueron los instrumentos de percusión los que llamaron su atención. Movido por la fascinación de la música caribeña colombiana, Luis Fernando nos dice que su casa se llama “Salsipuedes” como aquella canción de Lucho Bermúdez que se inmortalizó en la voz de Matilde Díaz.

En otra de las habitaciones, reposan los tambores batá, propios de la religión yoruba. El Okonkolo, el Itotele y el Iya resuenan en momentos especiales. Luis Fernando los hace vibrar con las palmas de sus manos, atrayendo el bienestar para quienes habitan esta casa cadenciosa.

Pero, aunque pensemos que se trata de un pequeño universo musical, hay una realidad oculta que pocos advierten al conocer la casa. Una revelación inefable, pero que se hace presente en la atmósfera… la casa es un punto silente en el mundo, un oasis mudo en forma de nota musical. Habitantes, paredes, ventanas, objetos y hasta los mismos pájaros visitantes, pertenecen en realidad al tiempo del silencio.

La música sólo es un pretexto para hacernos creer que la casa y sus habitantes existen y que tienen una historia para contarnos. La verdad que permanece muda, sólo se revela en los sueños. Pretendíamos conocer una morada musical llamada Salsipuedes, pero al cerrar la puerta y despedirnos de sus anfitriones solo nos queda el mutismo.

Soñamos con el árbol de jaboticaba en el patio, con el vino y las manos de los luthiers que rasgaban cuerdas, creímos percibir a Ligia Núñez cantando en el corredor y a María afanada en sus labores. Hasta podríamos jurar que escuchamos aves, sonidos caribeños y tambores bata. Sin embargo todo fue una ilusión. La casa permanece callada en nuestros recuerdos. Creímos estar allí, pero fue solo imaginación. Nos hemos quedado con la sensación de haber visitado un lugar macondiano.

Solamente nos queda una certeza. La casa y todo en ella, pertenecen a un universo que no es el nuestro, pero en el cual desearíamos vivir por siempre.

Juan Fernando Hernández (Historiador, Magister en Hábitat UNAL)

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1926 – 1960 Ricardo Olano Estrada vende los terrenos para la construcción de esta casa al señor Germán Sáenz, golfista, empresario y fundador del Club Campestre El Rodeo. Se construye la casa por encargo de la familia Sáenz, quienes la habitarán hasta 1960.

1926

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1961 – 1963 La casa se alquila a una comunidad religiosa de monjas, quienes instalaron un taller de confesiones en el sótano.

1961

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El señor Germán Sáenz Moreno vende la casa a Fernando Posada Correa, quien era comerciante y trabajaba para su hermano Jesús Posada, dueño del almacén Parisina, ubicado en Junín entre la Calle Boyacá y La Avenida 1 de Mayo, Edificio Uribe Navarro. Este almacén tuvo gran reconocimiento, ya que allí se vendieron los adornos y telas con que fueron ambientadas varias casas elegantes y prestigiosas de la ciudad. Posteriormente Fernando Posada, crea otro almacén de telas llamada Ceifer (Carlos y Fernando) con su hermano Carlos Posada. Durante mucho tiempo, los hermanos manejaron el mercado de las telas en Medellín. Fernando Posada Correa y su esposa Ligia Núñez de Posada viven en la propiedad, allí crecen sus 7 hijos: Juan Guillermo, Maria Cristina, Adriana Maria, Carmen Elena Luis Fernando, Dora Luz, y Miguel Ángel. La señora Ligia Núñez era coleccionista de arte y tuvo una anticuario en su casa, actividad económica que realizó durante varios años con algunos objetos del almacén Parisina. La familia ha tenido tradición musical, Ligia toca la mandolina napolitana y su hijo Luis Fernando Posada, aprendió a tocar el trombón y los tambores.

1964

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La casa sufre algunas modificaciones en el patio central, el sótano se eleva a la altura de la casa, quedando semi-clausurado y desde entonces se le da el uso de cuarto útil. Además se instalan rejas en la fachada por temas de seguridad.

1964

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Fernando Posada Correa muere en el año 2009, quedando como propietarios de la casa su esposa e hijos.

2009

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2010 – 2017 Luis Posada, hijo de Ligia, quien tiene título de ingeniero aeroespacial y estuvo a apunto de trabajar para la NASA, ingresa en el 2010 a una técnica en construcción de violines ofrecida por el Sena. Esta le permite montar uno de los talleres de luthería más completo en Colombia, en uno de los cuartos de la casa. Allí también trabaja el luthier Luis Felipe Giraldo. Maestros como José Luis España, quien ha escrito teorías sobre acústica moderna y Carlos Arcieri, discípulo de Sacconi “uno de los mejor luthiers del mundo” ha visitado la casa. Otra de las actividades que realiza Luis en la casa es la vineria, con una especie natural que crece en su patio, llamado árbol de Jaboticaba, originario de Brasil, Paraguay y Bolivia. El señor Posada y su familia aprovechan los frutos para hacer vino artesanal en el sótano al que llaman: “El vino de mi Patio”. La producción varía dependiendo la época del año, sacando hasta 200 botellas.

2010

PLATAFORMA CÉNTRICO